REDES SOCIALES

sábado, 6 de febrero de 2021

EL DILEMA

 




Este fin de semana tocan elecciones. Se comenta por aquí que a pesar de que hay dieciséis candidatos, solo dos muy bien relacionados, tienen alguna opción de hacerse con el título, uno de la derecha relacionado con la banca y uno de la izquierda relacionado con Correa, antiguo mandatario. Lo de siempre. La gente votará, claro, aquí es obligatorio (curiosa esta democracia forzada), pero sin ilusión. Lo que veo aquí me resulta familiar de allí. Políticos que han perdido credibilidad y votantes que han perdido la esperanza; unos repitiendo eslóganes increíbles y otros votando el mal menor. Todo previsible y aburrido, pero hay que seguir empujando la rueda. Aún no hemos inventado otra que gire mejor.     

Pienso que la política no es un oficio fácil. Los problemas se plantean como dilemas sin solución única, aunque algunos intentan simplificar algo que simplemente es complejo. Ahora, por ejemplo, tenemos delante una situación que obliga a decidir entre salud y economía, y opciones sobre donde dejar el peso de la balanza hay tantas como personas. Lo que sí sabemos es que no se pueden tener ambas al completo.

Aprendimos de pequeños que no se puede tener todo, y que hay que elegir (y lo haces hasta cuando no elijes) entre distintos caminos que llevan a distintos lugares, todos desconocidos ¿estudias, trabajas, compaginas o nini?; ¿compartes tu vida o la enfrentas solo? ¿coges ese trabajo que no te gusta pero que te da dinero, o aquel que te encanta pero que descuadra tus cuentas?, ¿enfrentas un problema o te escondes en algún lugar hasta que pase la tormenta? Todas las decisiones son adecuadas, correctas, al fin y al cabo, nadie decide pensando deliberadamente en perjudicarse, y todas te determinan.       

Era joven cuando estudiaba económicas y decidí cambiar el paso. Abandoné unos estudios que me aburrían soberanamente, y los cambié por un “excitante” proceso de selección para el Estado. Lo superé. Tuve éxito, si alguien sabe lo que es eso. Treinta y cinco años después tengo la sensación de haberme perdido algo. Hago cosas ahora que me gustan mucho, que entonces hubiera querido saber que me gustaban.  

La solución al dilema personal entre conformarse, acomodarse o rebelarse y ambicionar, es tan compleja, que el peso de la balanza podría recorrer todos los espacios de medida a largo de la vida de cada uno.  Recuerdo que mi madre siempre lo forzaba hacia el lado más incómodo, ambición y esfuerzo era su lema, al tiempo que yo me recuerdo tirando hacia el contrario, más placentero y conformista. Al final estoy construido de ambos.  

Mira que este blog nació con la idea de contar cosas de aquí y resulta que acabo contando cosas de aquí, pero de dentro, mías, y es que la vida de uno es tan importante cuando la miras de cerca y tan insignificante mirada desde arriba.   

En fin, espero que los ecuatorianos elijan bien a aquellos que deban resolver sus complejos dilemas.

domingo, 17 de enero de 2021

EL REGRESO

 



Después de 6 meses regresamos por primera vez a España. No es el mejor momento. El virus está embravecido, desatado. Su fuerte oleaje nos ha sometido. Hasta ahora tres grandes olas han conseguido su objetivo: que no nos toquemos, que no nos juntemos, que no nos besemos, que no nos veamos. Es un golpe certero a una de nuestras necesidades más primarias. Todos nos preguntamos cuando acabará esto, y si el dique de las vacunas, tan rápidamente construido, acabará por controlarlo, pero aún no hay respuesta para esto. 

A pocas horas de coger el vuelo a España tengo una sensación extraña, se acumulan las emociones, y los nervios. Después de unos meses ejerciendo de quiteño uno ya no sabe si vuelve al lugar al que pertenece o pertenece más al lugar del que parte. O a ninguno. Bueno, es la consecuencia de ejercer el desapego, que por un lado te fortalece y por otro te vacía. Y vacío que no llenas, duele. A eso hemos venido, a buscarle relleno.         

En el avión venia pensando en cuales eran mis expectativas antes de llegar aquí, pero no me acuerdo porque no me las conté, y no puedo compararlas con las que tengo ahora, que si hay relato. Lo que sí que sé es que hay mucha distancia entre ellas.  

Hay cosas que no sabía y ahora sé. Que es un país con una naturaleza desbordante; que la gente es especialmente amable en el cara a cara, pero no tanto manejando; que las distancias se miden en horas de coche y no en kilómetros; que les encantan los parques, y que en su territorio se encuentra el paraíso, Galápagos.  

Hay otras que ya sabía y he confirmado. Que los serranos y los costeños son muy diferentes; que, como en otros muchos lugares de por aquí y de allá, hay algunos que viven muy bien y bastantes que viven muy mal; y que gusta tanto el reguetón que lo comparten con el resto desde el interior de sus carros.

Y hay cosas que creía que sabía y ahora sé que ignoraba. Ignoraba que por las ciudades se puede pasear, que por las carreteras se puede manejar, que disfrutan de un clima de primavera permanente en casi todo el país, y que exportan a China petróleo y camarones.     

A pocos días de coger el vuelo que anticipa nuestra vuelta hay un par de ideas claras. Que se tarda poco en crear una nueva rutina y que la cosa del virus esta mucho peor por aquí que por allí. Uno viene a ver a los otros y no puede, a tapear y no hay bares, a ver el mar y no llegas al agua. Claro, que esto es en Murcia, si estuviera en Madrid, mi otra ciudad, todo sería distinto. Allí todos son libres, el virus también. Madrid-Las Vegas donde todo es posible. Imposible de entender. En fin, aunque pase por Madrid yo ya me he contagiado por las urgencias del virus y aunque quisiera ser libre, no podría.

Volvemos a Quito y volveremos a España, uno siempre vuelve al lugar que le quieren. 

 




miércoles, 30 de diciembre de 2020

EN LAS NUBES

 




Ellos dicen que el tiempo en Quito es muy loco, y tienen razón. Lo mismo hace un sol que abrasa, cae en vertical, directo, sin contemplaciones, o lo mismo se decide por apagar luces y dar comienzo a la función de rayos, truenos y tormenta. Esto no suele durar mucho, es fácil que antes de acabar el día el sol ya debilitado vuelva para despedirse. Ósea que, si por algún motivo vas a salir a la ciudad, lleva manga corta y bloqueador para el sol, una chompa por si refresca, y paraguas por si llueve.  El kit de paseo.

Eso sí, frío, frío, lo que se dice frío, no hace, pero no se lo digas a ellos, hay que ser respetuoso con el país que te acoge. No es la primera vez que alguien, que enfunda un buen gorro de lana, comenta el fresco que hace, mientras tú le escuchas un tanto incrédulo en manga corta. Pero no miente. El lenguaje está para eso, para adaptarse a las personas y a sus sensaciones. Nada es lo mismo en todos los lugares. Marisol, casera y amiga, hizo un comentario en este blog que me gustó mucho, y viene al caso. Ella dice que para ellos es extraño que ciertas cosas sean frías: el mar, el té y la navidad.  Para nosotros es raro también que ciertas cosas sean calientes: la cerveza, el baile y los villancicos. No es la misma burra la que va camino de Belen al ritmo calentito de una salsa. 

 


Pero, hablando del clima, lo más me llama la atención de esta zona andina son las nubes. Es casi imposible contemplar aquí ese cielo íntegramente azul que estoy tan acostumbrado a ver en Murcia. Y es que Quito está a 2.850 metros, en las nubes. Viven aquí. Durante todo el día pasean entre la montaña y la ciudad, deshaciéndose y juntándose de nuevo, subiendo unas veces y bajando en otras para así mezclarse con los vecinos y participar de alguna manera en la vida urbana.

Les gusta mucho madrugar y acostarse tarde. A primera hora de la mañana, cuando todo comienza, y por la noche, al bajar el telón, se congregan para hablar de sus cosas provocando habitualmente una densa niebla. La sensación desde nuestra casa con sus grandes ventanales es de flotar, de estar en las nubes.  

Lo de estar en las nubes me suena. En algunos momentos de la vida he estado ahí, en ese mundo etéreo, indefinido, nublado, dejando que el viento sea quien decida el próximo destino. Resulta cómodo dejarse llevar. Creo que lo aprendí de pequeño, cuando se aprenden todas las cosas importantes, esas de las que es difícil deshacerse cuando te haces consciente de ellas.   

En fin, cada uno con su clima particular afronta la vida como puede. Unos, los menos, disfrutan con un cielo despejado permanente, a la murciana; otros sufren la variabilidad del cielo quiteño, y tienen que bregar con nubes permanentes. A partir de ahí la decisión de cada cual será aprender a verlas pasar como pasan los problemas, o quedarte enredado entre ellas hasta que por aglomeración nublen tu mente.  

Por ahora aquí, en casa, cielo despejado.


lunes, 21 de diciembre de 2020

COSA DE REYES

 



Resulta extraño elegir a Papa Noel, con sus renos y su ambiente invernal, como símbolo navideño en un país que disfruta de una temperatura constante y suave de 20 grados, y que sólo ve la nieve de lejos, en los picos de algunos volcanes. Se generan imágenes que perturban. Señor mayor, con un traje rojo y blanco que permite aguantar las más bajas temperaturas, compartiendo espacio con padres y niños en manga corta y con un moreno playa que no cuadra nada con su cutis blanquecino de Papa. 

Parecería más sensato haber adjudicado ese puesto a los Reyes Magos que tienen mejor curriculum. Les va más el calorcito, hablan básicamente en castellano, son tres, lo que facilita la entrega de paquetería, y además los camellos bien podrían pasar por llamas. Me consta que echaron la solicitud hace ya bastantes años.  

Pero bueno, habrá que aceptar que los gringos y su cultura musical y cinematográfica ganan la batalla.  En eso son muy buenos, y como te pillen un poco despistado, generan una necesidad que no sabías que tenías, y ya está, ahí tienes la solución: “si no dispone de un personaje mágico para la Navidad, aquí le dejamos a este señor que, aunque esté un poco grueso, vista fatal y no se parezca en nada a ustedes, es muy efectivo en el reparto”

Las cuestiones navideñas por aquí funcionan como en otros lugares, luces, árboles de Navidad, pesebres, misa del gallo, reuniones familiares y el Niño como protagonista, se llame Jesús o Willian José. Yo echo de menos los villancicos, esos que me trasladan a mi niñez navera. Todo el pueblo los escuchaba desde los altavoces de la iglesia, mientras los chavales íbamos en cuadrilla por las casas cantando lo de los peces en el río para sacar unas perrillas, y sólo conseguíamos ahogarnos en ese mismo río con las ofrendas de vino, aguardiente y mantecados que nos daban los vecinos. 

Para fin de año, lo que peta son los petardos y quemar “monigotes”, muñecos rellenos de heno que en unos casos representan a familiares o vecinos, con los que durante el año que acaba hay algún asunto pendiente, y en otros a personajes famosos o políticos. Todos ellos, como fallas valencianas, arden en la víspera de Año Nuevo de la mano de un pirómano que tiene la ingenua intención de que el año que termina termine con ellos, pero no tarda mucho en averiguar que los problemas tienen vida propia y no se acaban con un simple fogonazo. Reconozco que es una tradición que me gusta, y no veré, al menos este año. El coronavirus ha apagado las hogueras que aún no han encendido. 

Luego está el mundo indígena, a medio camino entre su cultura origen y la adquirida. No han vuelto a ser los mismos. Su Navidad recoge el sincretismo (me encanta esta palabra, la quería meter como fuera) entre el nacimiento del Niño y el de las semillas. Durante estas fechas el “markantaita” tiene en su casa la figura del Niño Jesús, como mi abuela tenía unos días al Santo o la Virgen que le tocara. Acabado el turno mi abuela pasaba el Santo a la vecina y este señor devuelve el Niño a la Iglesia, no sin antes invitar a los que quieran a sopa de quinua, arroz cocido, patatas y queso, a la vez que juegan, bailan, y entonan rezos católicos. Lo dicho.

Y también hay quienes siguen fieles a lo suyo. En Galápagos no se bajan del burro y pasan del tradicional dúo del buey y la mula, y colocan un cuarteto de lujo con un león marino, una tortuga, un piquero de patas azules y un flamenco rosa. Todo un Belén.

Nosotros por nuestra parte seguimos fieles a la tradición y aprovechamos que los Reyes Magos tienen billete de ida para España el día 5 para irnos con ellos.  

Nos vemos allí, si el bichito de moda nos deja.

 

 


miércoles, 9 de diciembre de 2020

GALAPAGOS O LA EVOLUCION DE LOS ESPACIOS

 

Lo intuyes desde el primer momento que pisas las Galápagos y descubres que la compañía de autobuses que te transporta de la terminal del aeropuerto al embarcadero se llama LOBITO. Cuando te vas ya sabes que no podía ser de otra manera. Porque ellos, tortugas, pelícanos, iguanas, y sobre todo los lobos marinos ocupan todos los espacios. Están en las calles, dormitando en los bancos o en los muelles, ocupando el carril bici, o acosando a los pescadores que intentan vender sus recientes capturas. Esa es la esencia y la belleza de Galápagos, donde los espacios son de las otras especies. Esa es la revolución. Ellos te acompañan en cada cosa que tú haces, y sólo tienes que hacerlas intentando no molestar.



Durante un recorrido en kayak, nuestra guía nos alertó de la presencia de una pareja de pingüinos. Nadaban en una de las muchas lagunas que se crean entre las antojadizas formaciones de roca volcánica de la bahía de Puerto Villamil, en la isla de Isabela. No es fácil verlos, son muy huidizos, pero conseguimos acompañar su danza, en silencio, bailando una maravillosa sinfonía de preguntas y respuestas entre ambos, que perfectamente podría tratar sobre donde localizar la merienda de la tarde. 


Eso fue solo un rato antes de la magia.

Mientras Andrea nos contaba el complejo protocolo de los piqueros de patas azules cuando avistan un banco de peces, un grupo de ellos, 10 ó 15, aparecen sobre una zona cercana a nosotros. Repentinamente, como si quisieran representar ante unos de los primeros turistas post confinamiento el guion que en ese momento relataba la guía, uno tras otro, se lanzaron en picado sobre la superficie del agua con una sincronía digna de la patrulla Águila, sumergiéndose y saliendo nuevamente al aire con la boca abierta, buscando el premio a su número de acrobacia. Todo un espectáculo. Pero ya sabíamos por los pingüinos que es hora de la merienda, y ese parece ser un momento mágico.

Y eso paso un día después de la psicodelia.

Comprendo que es muy personal, pero eso fue lo que sentí cuando vi mezclado el negro de la roca volcánica, sus formas caprichosas, la luz del sol apareciendo entre las nubes, y el reflejo sobre el agua color turquesa que parecía invitar a seguir la fiesta desde dentro. ¡Excitación de los sentidos y euforia!


El nombre del lugar es muy representativo, los túneles de lava, pasillos de roca y agua, por donde diferentes tipos de animales acuáticos entran buscando el agua más templada del final de los canales y salen cuando empieza a bajar la marea para no quedar atrapados. Un momento de  atención y verás pasar por allí una familia de tortugas que parecen charlar sobre asuntos domésticos, seguidas de cerca por una pareja de rayas que muestran su lomo negro escondiendo la otra parte más luminosa; un pequeño tiburón solitario y con prisa, que utiliza pasadizos bajo las rocas, ahora cubiertos de agua, para avanzar más rápido; o quizás a un pequeño lobo marino que saca la cabeza y mira como preguntando si hemos visto pasar por ahí a su madre. 

Sentarte en una de esas rocas y observar ese tránsito, me hace recordar algunas tardes de verano en mi pueblo, cuando sentado en el poyete de la casa de mi abuela veía a unos y otros pasar, camino de sus casas, volviendo de sus labores, o yendo al caño para dar de beber a los animales.

Hablando de mi pueblo, allí, como en muchos otros pueblos de España y del mundo, salía y llegaba un autobús diario. Le llamaban el Correo porque, además de pasajeros, traía y llevaba la correspondencia. Nadie faltaba a la salida o a la llegada del Correo, jóvenes o viejos, por necesidad o por simple curiosidad. Volví a sentir lo mismo cuando, finalizando el viaje, cogimos la lancha que recorre las 50 millas que separan Isabela de Santa Cruz. A pesar del madrugón, por necesidad o simple curiosidad allí tampoco faltaba nadie, ni siquiera los lobos de mar.

 

 

miércoles, 25 de noviembre de 2020

EL PRECIO

 

Qué raro resulta acompañar los partidos del Atleti con café con leche y tostada, y no con cerveza y aceitunas como dice el protocolo. Llamadme tradicional, pero hay cosas a las que cuesta adaptarse.

Cuesta adaptarse, y mucho, a tener lejos a las personas que quieres. No soy una persona muy de apegos, pero a ratos se me pasa y querría darles a todos, todos los abrazos y besos que ahora no se pueden dar, ni siquiera allí.

Cuesta adaptarse a estar en noviembre y tener la misma precaución climática que en julio, cuando llegamos, “llevar siempre una chompa, por si refresca”. 

Cuesta adaptarse a la altitud. Pasar de 0 a 3000 es un gran salto, y una gran perdida, de oxígeno. No te preocupes, te dicen, que tu cuerpo aumenta el número de glóbulos rojos y eso te hará más fuerte para cuando vuelvas. ¡Ya!, sí, pero mientras tanto, mueres en las numerosas cuestas de la ciudad.  

Y tampoco me adapto a la pobreza. Hay mucha gente pidiendo por aquí. La pandemia ha hecho más pobres a los que ya lo eran, y eso no es solo un titular. Aquí no hay ERTE, ni paro, ni nada que amortigüe el golpe económico. Bares, discotecas, hoteles, gimnasios, y colegios siguen cerrados después de 9 meses, y empleados y profesores despedidos. Sin opciones.  

Mucho ecuatoriano, indígena o no, y muchos venezolanos pueblan los semáforos, que se han convertido en el hábitat cotidiano de muchas familias. Allí venden, piden limosna, comen, crían a sus hijos, utilizan a los pequeños para sensibilizar aún más a los que algo tienen, y descansan, hasta que la noche los lleva a no sé dónde. Imagino que los parques serán su destino.  Venden cualquier cosa, bolsas de naranjas, aguacates, papas, helados, caramelos, cuentos, limpian parabrisas sucios o limpios, hacen malabares, y hasta en grupo, salsean durante el corto espacio entre semáforos.

Habléde venezolanos, si, y es que hay muchos por aquí, y por allá, y por el resto del mundo. A uno le parece increíble que gente de un país rico, a los que hemos conocido y disfrutado en otra época por su alegría y alto poder adquisitivo, ahora se vean obligados a emigrar a países “pobres”, como Ecuador. Pero así está la cosa. Aquí, como en otros países hacia otros gentilicios, se está generando una creciente actitud de hostilidad hacia “los venezolanos” que quitan puestos de trabajo y generan inseguridad, en una ciudad que se vanagloria de ser de las más seguras de América Latina. Resolver todo esto no parece una tarea fácil. Tal vez, desde dentro y desde fuera, debieran hacerse cosas distintas. Haciendo siempre lo mismo se obtienen los mismos resultados: que sigan sufriendo los mismos los que siempre han sufrido. Algo debe madurar.

Cuesta adaptarse, y, sin embargo, aquí estamos, adaptados, aunque todo tiene un precio.

jueves, 5 de noviembre de 2020

BAILEMOS


El otro día temblamos por primera vez desde que estamos en Quito. Lo ha provocado un pequeño movimiento sísmico con epicentro a unos 30 kilómetros de aquí, que no ha pasado desapercibido. Ha sido a la hora del desayuno. El edificio ha comenzado a oscilar, y esta palabra no está elegida al azar, durante 30 segundos que se han hecho muy largos. El agua de un pequeño depósito que tenemos en la cocina formaba pequeñas olas que iban de un lado a otro, mientras un flamenco de escayola que pende de una pequeña vara metálica, se desplazaba de un lado a otro simulando iniciar el vuelo.


Ya nos habían avisado. Tened cuidado al elegir vuestra vivienda, cuanto más alto, más tiemblas. Todos los edificios de por aquí lo saben, se adaptan, y bailan cuando empieza la música. Si se quedan quietos es mucho peor, la rigidez nunca ha sido buena, para nada.  Nos dijeron que en estos casos lo mejor es subir a la azotea, allí el baile es más movido, pero nada sobrevuela tus cabezas.  

Es normal que esto pase en un lugar que se denomina “La Avenida de los Volcanes”, donde vivimos. Y no es una calle de la ciudad, no, es el nombre del corredor andino que atraviesa Ecuador donde se encuentran, nada más y nada menos, que 44 volcanes, de los que 15 permanecen activos.

Cotopaxi, Chimborazo, Tungurahua, Imbabura, Cotacachi, Cayambe, Antisana, o el más cercano y famoso Pichincha, son alguno de sus nombres. Los indígenas les bautizan además con otros nombres, a los que les añaden apellidos, género, y numerosas leyendas, que aún hoy están vigentes. Es su manera de acercarse a ellos, de humanizarlos y hacerlos más comprensibles.  

Así, cuando en algunos lugares de la provincia del Chimborazo se sienten y escuchan los bramidos del volcán Tungurahua, la abuela les dice a sus nietecitos que no hay tener miedo al volcán, “mi mamacita decía que la Mama Tungurahua es la mujer del Taita Chimborazo, que es un bandido como todos los hombres. Entonces, cuando el Chimborazo está coqueto, la Mama se pone celosa, y es por eso que la tierra tiembla”. Todo muy sencillo y fácil de comprender. 

"Todo lo que resistes, persiste, y lo que aceptas, te transforma" (Carl Jung).